jueves, 12 de abril de 2018

No es un Viernes Cualquiera

Un cielo negro acapara toda la ciudad. Algo no hacemos bien, pues si tanto esfuerzo y dedicación ponemos para la Semana Santa, ¿por qué Dios nos trae estas grandes y oscuras nubes? ¿Por qué ese empeño en que no podamos sacar las procesiones a la calle? ¿Quizá es porque sólo nos acordamos una vez al año de Él? ¿O quizá es por el nulo caso que le hacemos a nuestra ciudad el resto del tiempo?

Todo apunta a que hoy será una noche vacía. Una noche, la del Viernes de Dolores, que va a convertirse en un viernes como otro cualquiera. La primavera ha comenzado, pero aún no podemos oler la delicada brisa que los jardines de esta ciudad amurallada traen consigo en estas fechas.

La lluvia, que no viene sola, se desmorona brutalmente. Un fuerte viento la acompaña, avisando de que Dios está enfadado. ¿O quizá lo que está es triste? Nosotros, más preocupados y atontados con la tecnología del siglo XXI, no pensamos en lo que pueda suceder ni ahí arriba ni en ningún otro lugar que esté fuera de nuestro entorno. El egoísmo predomina en nuestras vidas.

La noche ha caído y, mientras tanto, en una pequeña Iglesia románica ubicada extramuros de la ciudad, se reúnen cientos de personas vestidas con una túnica con inspiración monacal, de estameña blanca y calzadas con sandalias franciscanas. Están preocupadas porque fuera sigue lloviendo. El altar lo preside un pequeño Cristo gótico de autor anónimo, que no deja de observar a los hermanos que se han dado cita, de nuevo, dentro de su Templo.

De repente se percata de un par de chiquitos que están sentados en el suelo, tristes y dolidos, ya que hoy iba a ser la primera vez que salían en la procesión. Y es que este Cristo, que ha visto de todo desde que fuera construido en el siglo XIV, reconoce que estos niños no tienen culpa ninguna de lo que los adultos hacen con el mundo. Por eso, aunque sólo sea por ellos y por otros pequeños que están a su alrededor, decide que las 11 de la noche es la hora perfecta para que deje de llover e, incluso, de detener el viento.

Y en efecto, llegada esa hora no sólo se han marchado las nubes, si no que la Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo del Espíritu Santo, sale por las calles de Zamora. Y, aunque con un poquito de retraso, el caminar es el mismo. Despacio y en silencio.


Silencio únicamente roto por el tañir de las campanas de la Iglesia del Espíritu Santo, de las de la Santa Iglesia Catedral y por el del campanil procesional. Silencio rajado por esas carracas de madera que portan algunos hermanos. Silencio que es acompañado por las graves y, a la vez, finas voces del coro de la Hermandad cuando interpreta “Crux Fidelis”.

Todo está en silencio en esta noche que posee poca afluencia de público. Y no es lo habitual, pero Cristo sigue su camino y termina de subir por la Cuesta del Mercadillo para, acto seguido, girar su mirada hacia la izquierda. No quiere saber nada de lo que ocurre al otro lado. La fachada de un edificio es la causa por la que este año no podrán hacer el regreso por la Rúa de los Notarios y, por eso, prefiere no mirar ahí. Aunque bien podría ser cualquier otro edificio del Casco Antiguo pues, lamentablemente, no lo hemos sabido conservar como se merece. Hoy es esa fachada, pero mañana, ¿cuál podría ser? ¿Nos acordaremos, pasada la Semana Santa, de que tenemos Casco Antiguo?

El camino continúa y, una vez atravesada la calle del Troncoso, el frío se apodera de la Plaza de la Catedral, pero es vencido cuando el coro, esta vez, entona el motete “Christus Factus Est”. Es momento de reflexionar, de pensar un poco más en lo que y en quienes nos rodean. Es momento de guardar el móvil en el bolsillo y cerrar los ojos, escuchar las súplicas de Dios y despertar para arreglar este mundo egoísta y materialista.

Finalmente, el tiempo se ha portado. Pero aún queda el regreso y, este año, toca hacerlo por la Plaza de Antonio del Águila hasta la Rúa del Silencio. Un nuevo recorrido que se estrena con escasez de público, pero ideal para recapacitar un poco más sobre lo vivido hace unos minutos en el atrio de la Catedral.

 
Regresada la comitiva a la Iglesia del barrio del Espíritu Santo, los hermanos colocan todos los elementos procesionales en sus correspondientes lugares. El Santísimo Cristo vuelve a presidir el altar y de manera inmediata, casualidad o no, se encuentra con los dos chiquitos que, anteriormente, estaban apenados y sentados en el suelo. Ahora se les ve contentos, orgullosos de haberse estrenado y de pertenecer ya a esta Hermandad.

Los dos se fijan en el Cristo y, con una sonrisa de oreja a oreja, lo miran con los ojos muy abiertos. Ojos que comienzan a brillar gracias a la mágica luz de la luna que se refleja a través del rosetón de la Iglesia. Una luna que alumbra como nunca lo había hecho. Una luna que está provocando un amor especial por estos niños con el Cristo del Espíritu Santo. Una luna de Viernes de Dolores. 

Texto y fotos: Óscar Antón

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